Rosa Maria Reeder

El jardinero de las nubes

Nadie sabía

quién cuidaba

las nubes.

Todos admiraban

la lluvia.

Todos celebraban

el arco iris.

Pero nadie

miraba

las manos

que sembraban

el cielo.

Vivía

en una colina

hecha de viento,

donde las escaleras

subían

hasta el dorso

de la mañana.

Su jardín

no tenía tierra.

Tenía

claridades.

Cada nube

crecía

dentro de una maceta

tejida

con neblina

y cantos de alondras.

Las regaba

con el agua

que el alba

dejaba olvidada

sobre las hojas

del horizonte.

Las podaba

con unas tijeras

forjadas

en el primer relámpago

que aprendió

a no herir.

Una tarde

lo encontré

sembrando

una nube diminuta.

Era tan pequeña

que apenas

podía sostener

una gota.

Le pregunté:

—¿Por qué cuidar

algo tan frágil?

Él sonrió,

como sonríen

los árboles

cuando el otoño

les promete

otra primavera.

Y respondió:

—Toda lluvia

comienza

siendo

una esperanza

demasiado pequeña

para que el mundo

la tome en serio.

Después

me mostró

sus cultivos.

Había nubes

con aroma

a pan recién horneado,

otras

que florecían

en forma

de música,

y algunas

tan transparentes

que sólo aparecían

sobre los pueblos

que aún sabían

mirar hacia arriba.

Vi una nube

cubierta

de semillas luminosas.

—¿Qué sembrará? —pregunté.

—Sombras

para los caminantes

del verano,

respondió.

Otra llevaba

dentro de sí

miles de gotas

sin nombre.

—¿Y esas?

—Serán

las lágrimas

que aliviarán

a quienes

todavía no saben

que también

la tristeza

puede florecer.

Cuando el sol

comenzó

a esconderse,

el jardinero

abrió lentamente

sus manos.

Las nubes

alzaron el vuelo

como un rebaño

de jardines errantes.

No iban

a cubrir el cielo.

Iban

a repartir

sus cosechas.

Entonces comprendí

que el cielo

no es un techo.

Es un inmenso huerto

donde alguien,

con infinita paciencia,

siembra

la lluvia,

la sombra

y la esperanza,

para que la tierra

nunca olvide

que todo fruto

nació primero

en un sueño

cultivado

más arriba

de nuestros ojos.

Rosa María Reeder

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