ELEGÍA DE UN POETA
Te esperaba, Muerte, ya habías tardado tanto.
Siendo una quimera antes… te temía,
pero no por mí, sino por ella.
Ahora que eres realidad, ya no me asustas.
Son tantas las veces que nos vimos cara a cara;
creo, hoy, que será la última.
Más que casualidad, parece una costumbre.
Procura bien que esta vez no escape.
No sería digno de tu alta investidura
correr tras de mí con tu pesada saya;
ya no sería entrega, burla parecería.
Hoy quiero olvidarme de la poesía
y conversar contigo de las cosas que viviera.
Han sido tantas las pasiones y aficiones de mi vida
que dejaron, muchas de ellas,
huellas y aflicciones constreñidas.
Mas ahora que todo se termina,
solo una cosa quiero rescatar
de los secanos de mi doble vida:
y es el río que reverdeció mis llanos,
el agua fresca que inundó mis mares,
siendo fuego y brisa tibia en mis necesidades,
en los avatares de mi desconsuelo,
salvando alma y vida
con más amor del que debía.
Yo debo estar agradecido de este mundo
y partir sin rumbo ni horizonte…
olvidando en ese lapso lo que dejo,
pues si algo tuve en mis manos,
como el hielo, todo se ha escurrido.
Sin lamentar entonces, pues,
lo que nunca tuve…
Pues conocí cara y cruz de todas las medallas:
conocí el día y la noche, el amor y el odio,
la cima y el abismo, la riqueza y la pobreza,
el río y el charco, el mar y la bahía,
la admiración, la indiferencia,
la lealtad y la traición,
la guerra y la paz.
Yo me voy contigo, Muerte,
pero que ella no te pase por la mente.
Más bien, por el contrario…
quiero que en cada primavera
pongas en sus manos, de las rosas,
la primera… la más bella,
y la busques, la encuentres y se la entregues.
Fíjate que yo me voy antes de mi tiempo:
ese es mi regalo para ti,
porque ahora sin trabajo me consigues.
Y esta vida yo debo abandonar
porque ya no es mía;
se fue tras de aquella… la que más quería.
Porque ya… ahora, destrozadas las promesas,
yo no me olvido de las mías:
«Quererla más allá de la muerte»
¡con un amor de cadenas irrompibles!
No me hagas borroso el monitor,
déjame que escriba todavía; total, será
la última vez que mis dedos besen el teclado
queriendo el beso de sus labios alcanzar.
El mismo teclado del cual mil versos salieran
en busca de sus ojos, su sonrisa…
la alegría de su corazón y de su alma.
Quiero brindarte, en esta mi única elegía,
la oportunidad que tanto has buscado de llevarme,
mientras te aseguras de que el tajo sea limpio
en este cuello que su boca ya no podrá besar
ni en sus sueños ni en su cama.
Pero quiero hablarte un poco de ella…
Escucha… su nombre era musical
y suena como cuando el río osado
tintinea sus aguas chocando con la roca,
y es un romance cuando llega al llano.
¡Y su pelo… ja!… mariposas liberadas
cuando al viento volaba.
Sus grandes ojos negros de dulce mirar,
que robaban las miradas de las flores…
¿Y qué te digo de su risa?… a ver…
¡Eran campanas repicando en día domingo!
¡Llamando a misa y a la comunión!
Quisiera, quisiera… seguirla describiendo…
¿Pero la verdad? ¿Sabes?…
Lo demás fue pura intimidad,
aparte de su cuello y…
sus senos de amapola,
palomas mensajeras del amor y nada más.
Lo demás no te lo nombro
porque sería insensatez, a juicio mío.
No seas impaciente…
El tintico aún está por la mitad,
esperando dé el último sorbo
para partir en soledad…
Aunque ahora… ya no tanto,
porque tú estás conmigo.
¡Baja esa hoja, que me estás atormentando!
Y déjame fumar un cigarrillo,
vieja querida y conocida…
¡Jajajaja!
Oye… recuerdo ahora
lo que mi madre contaba:
que la primera te la gané apenas nato.
Y la que yo recuerdo más —
será por ser la más difícil—
te la gané debajo de las ruedas del tranvía,
acero que casi cercenó mi cuerpo.
¿Y para qué hablar de las de los carros?
Dirás que manejaba como un loco,
pero ¿quién no es loco en esta
alocada vida pasajera?
La primera de la moto… ¿la recuerdas?
¡A una milésima mi cuello de tu hoja!
Pero salí volando por encima del carro que,
imprudente, cruzara mi camino.
No… no has podido conmigo
cuando me buscaste.
Las otras, ya vagabundeando por el cielo…
Me has tirado contra el suelo
y contra los árboles, en las matas con espinas…
Mira ahora… conversando como dos amigos.
¡Siéntate, Muerte loca… descansa…
todavía no es hora!
Siente el aroma del café y besa,
besa el aire, su aroma que beber no puedes.
Aún nos queda tiempo… y quiero pensar en ella,
porque yéndome contigo,
su recuerdo irá conmigo,
y a ella… no podrás tocarla, es el trato.
Quiero que mi cuerpo se consuma
con el pavoroso fuego del incinerador.
Quiero irme acostumbrando
al eterno caldero del infierno…
Sí… creo que ya es hora.
Asegúrate bien, quiero el tajo limpio,
porque ya bastante he sufrido.
Mátame de un solo golpe
o ya no podrás matarme.
Siento la firmeza de mis manos
porque ya no tiemblo al escribir…
Mira… recuerdo que con ella…
apenas la veía… yo era un manojo de impulsos.
¡Arráncame esta vida que no me sirve más!…
Llévame distante… lejos… muy lejos…
por los páramos helados de tu reino,
líbrame, bendita amiga, de este sufrimiento.
Llévate el alma de Delalma,
porque el corazón ya fue entregado
en grandes humedales de mis ojos.
Pero me voy feliz, Muerte trapera,
porque me voy mirando… los ojos de ella.
Ya estoy listo ahora, será
cuando tú quieras.
Delalma