Veinte años de inviernos y de arena,
veinte años guardando la memoria.
Tú no entendías de reinos ni de gloria,
solo sabías de amor y de condena.
Allí estabas, señor de la nobleza,
reducido al estiércol y al olvido,
el cuerpo roto, el tiempo consumido,
pero intacta en el alma la grandeza.
Y entonces llegó él, bajo sus trapos,
el rey de los engaños y el acero.
Tú viste al hombre, no viste al pordiosero,
y el corazón latió entre los harapos.
Bajaste las orejas, fiel soldado,
moviste aquella cola moribunda,
entregando en tu pausa más profunda
el último aliento que te fue otorgado.
Pero el héroe de Troya, el gran guerrero,
midió el amor con reglas de artillería.
Guardó sus manos, calculó el gran día,
y te dejó morir en el horrible basurero.
Lloró en silencio, lágrima cobarde
que lavó su culpa, pero no tu herida.
Él salvó su disfraz y su partida,
y para darte paz, ya era muy tarde.
Oh, Argos, gigante de luz y de pureza,
tu muerte es el juicio del humano.
Él recuperó el trono con su mano,
pero tú le ganaste en la lealtad y la realeza.