Quizá el cambio más grande nunca ocurrió en las máquinas, sino en nosotros.
Mientras ellas aprendían a recordar, dejamos de memorizar. Mientras aprendían a escribir, dejamos de buscar las palabras. Mientras aprendían a responder, dejamos de detenernos a pensar.
Siempre imaginamos que una inteligencia artificial nos desplazaría haciendo mejor lo que nosotros hacíamos. Nunca pensamos que sería mucho más sencillo: bastaría con acostumbrarnos a dejar de hacerlo.
Porque la dependencia rara vez se presenta como una amenaza. Casi siempre llega disfrazada de comodidad. Nos ahorra tiempo, esfuerzo, incertidumbre… hasta que un día descubrimos que aquello que dejamos de hacer ya no era una elección, sino una incapacidad.
No fue una sustitución. Fue una renuncia silenciosa.
Y las renuncias más peligrosas son aquellas que no se sienten como una pérdida. Se parecen tanto a la comodidad que terminamos agradeciéndolas, sin notar que, poco a poco, también se llevan una parte de nosotros.