No habita el ser la cumbre ni el abismo,
ni el reino de la sombra o la certeza;
su trono es el umbral donde la alteza
se contempla en el límite a sí mismo.
No cruza el hombre indemne ese bautismo:
sin herir con su luz la trascendencia,
mas vuelve a la mortal comparecencia
ceñido por el lauro del guarismo.
El límite no es muro: es la juntura
donde dialogan noche y nacimiento,
la cifra del callar y la palabra.
Allí la eternidad su faz depura;
allí Dios se hace signo en el aliento,
y el hombre aprende el ser... porque lo labra.
JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026