Emily Dayana

Raíz

El filo no existe.

No hay metal.

No hay sangre.

 

Solo una raíz.

Negra.

Que nació donde debía estar el ombligo.

Y que crece.

Hacia adentro.

 

A veces la toco.

No quiero arrancarla.

Quiero ver hasta dónde llega.

 

Entonces me abro.

No con cuchillo.

Con las uñas.

Con los dientes.

Con esa paciencia de quien sabe que la carne

también es tierra.

 

Y encuentro más raíces.

Y más.

Y más.

 

Son ellas.

Las que me sostienen.

Las que me comen.

Las que me recuerdan que estoy viva

porque todavía hay algo que me pudre.

 

El árbol no está afuera.

El árbol está dentro.

Y sus raíces

son mis venas.

 

Cuando quiero salir,

tengo que arrancar cada una.

Una por una.

Sintiendo cómo se desgarra.

Cómo la carne se abre.

Cómo el dolor

me dice \"no, quedate\".

 

La cuerda no corta la mano.

La cuerda es la raíz misma

que asoma por mi garganta

cuando intento gritar.

 

No hay salida.

No porque no pueda.

Porque las raíces

ya son mis huesos.

 

Y arrancarlas

sería arrancarme.

 

Así que me pudro.

Con las raíces adentro.

Con el árbol en el pecho.

Con las manos que son raíces

y los gusanos que son raíces

y esta vida que es una raíz

que nunca termina

de crecer

hacia abajo.