EL-ANGEL-DEL-AMOR

~CUANDO LAS ROCAS SONRÍEN~

A veces los seres humanos expresamos sentimientos que distan mucho de lo que verdaderamente habita en nuestro interior.

Escondemos en lo más profundo un dolor o un resentimiento del pasado, un sufrimiento encerrado en un cofre que decidimos olvidar.

Como resultado de esa experiencia cambiamos, nos volvemos de piedra para no volver a sufrir, aparentando lo que no somos y dejando en el proceso, de ser nosotros mismos.

En una compañía cualquiera trabajaba Elizabeth, una mujer que llevaba tres años y medio en el puesto.

Su trabajo áspero y distante la habían enemistado con el resto del personal, quienes opinaban que era imposible poder llevar una buena relación con ella.

Sin embargo nadie sospechaba que guardaba en su propio cofre.

La rutina cambió con la llegada de Alejandro, un hombre nuevo en la empresa que apenas cumplía su primera semana, pero que ya demostraba un gran desempeño y una enorme facilidad para aprender, gracias a su experiencia de vida y su constante deseo de superación.

Una tarde, tras una breve charla cotidiana sobre el trabajo, la conversación tomó un rumbo más íntimo. Elizabeth, intrigada por los rumores de pasillo se atrevió a preguntar. 

~Oye, he oído hablar de que no has tenido relaciones amorosas desde que te quedaste viudo, te puedo preguntar hace cuanto falleció tu esposa?

~hace cuatro años -Respondió Alejandro con serenidad. 

~Deberías de tratar de buscar una nueva compañía en tu vida. -Le aconsejó ella, la vida continúa además eres hombre y el hombre la necesita más que la mujer. 

~Lo se gracias -Replicó el con una Fe inquebrantable~ Pero no he podido encontrar una mujer que se iguale a ella, no tengo apuro, todo se lo dejo en manos de Dios, confío en mi mismo y conservo la esperanza de lo que quiero y amo, agradezco tu sentir hacia mí.

~Ya el tiempo de ella se cumplió, créeme -Sentenció Elizabeth con frialdad.

~Se cumplió en este mundo- Concluyó Alejandro~ Pero en el cielo aún me espera. 

Al día siguiente, el ambiente laboral propició un nuevo encuentro.
Elizabeth se acercó con una actitud distinta, conmovida por la conversación del día anterior.

~Hola Ale cómo estás ? 
~Bien gracias, es un gusto saludarte de nuevo, cómo estás tú?

~Bien también, sabes con respecto a lo que hablamos ayer, debo confesarte algo, yo también estoy pasando por una  situación similar a la tuya, yo perdí a mi hijo era muy joven, tan solo tenía 27 años. 

Elizabeth rompiendo toda distancia, le dio un abrazo sincero.

~Lo siento mucho-Añadió ella con la voz. -Se nota que aún amas a tu esposa, y eso es algo muy hermoso. 

Alejandro, al ver la vulnerabilidad de aquella mujer considerada “de piedra” decidió compartir con ella un bálsamo para el Alma.

~Déjame poderte decir algo, existe ese más allá, donde todo es Paz y Luz, un lugar donde todas las Almas llegarán algún día, estoy más que seguro de que tu hijo será el primero en recibirte, luego se abrirá un gran portón y saldrá un anciano vestido de esa misma Luz, con un bastón en su mano derecha que reflejará todos los colores en un diamante, en medio de esa inmensidad no sentirás miedo, solo una profunda Paz, y el te hará una sola pregunta para que tu bella Alma tome su propia decisión, Dios te ama mucho. 

 

Antes aquellas palabras llenas de esperanza, la coraza de Elizabeth se desmoronó por completo, una sonrisa, que hacía años no aparecía iluminó su rostro.

Durante toda la noche, Alejandro la observó trabajar con un espíritu renovado. Se mostraba más cercana, alegre y amable con cada uno de los compañeros que antes la rechazaban.

Aquel encuentro demostró que la frialdad de Elizabeth no era maldad, sino el dolor de una madre que necesitaba ser escuchado. Al final cuando la empatía se hace presente, las personas dejan de aparentar y se permiten, otra vez volver a ser ellas mismas.