Alguien una vez me dijo
que el arraigo termina cansando
de tanto ver pasar las mismas calles.
Creo entonces que aún
no te he extrañado lo suficiente.
Que me toca insistir con la necedad de mis costumbres:
acostumbrarme a soñarte del mismo lado del colchón,
perseguirte en eco del recuerdo atorado
en las esquinas de las calles,
escribirte en la misma cara de la página
sobre el surco antiguo de las palabras,
como un cincel cansado que hiere una lápida
una y otra vez hasta partirla
y perder así tu nombre.
Y es cierto,
los días llegan y el cansancio toca a la puerta.
Pero, por alguna razón,
tu imagen se sostiene en las paredes.
A lo mejor el arraigo
tiene diferentes formas:
están esos que son mansos, casi buenos,
y te llevan despacito hacia el olvido;
y están estos otros,
que se parecen de un modo feroz al amor,
pero se quedan ahí esperando
con la paciencia silenciosa de la muerte.