Alguien una vez me dijo
que el arraigo termina cansando
de tanto ver pasar las mismas calles.
Pienso entonces
que tal vez
aún no te he extrañado lo suficiente.
Que me toca insistir con la necedad de mis costumbres:
acostumbrarme a soñarte del mismo lado del colchón,
escribirte en la misma cara de la página
para que las letras se busquen
y se enreden entre ellas.
Y sí, a decir verdad, a veces estoy cansado.
Pero, por una extraña razón
vos no dejás de aparecerte.
A lo mejor el arraigo
tiene diferentes formas,
y están esos que son buenos
y te llevan despacito al olvido;
y están estos otros,
que se parecen y apestan como el amor
pero caminan
como la muerte.