Me sobra lo que me falta,
me falta lo que me sobra.
El destino ya me cobra
la recompensa más alta
por salvarme del secuestro
en el punto más siniestro
del camino en la zozobra.
Deseo pedir perdón
por desear lo que veo,
pero es tan grande el deseo,
que no desea represión
este voraz hormigueo
deseoso de pasión.
Me quisieron una vez,
pero dejó de quererme
debido a mi timidez
cuando me pongo a escribir
con esta manera inerme
de nunca verla sufrir.
Era el amor de mi vida
y me olvidó este otoño
porque siempre se me olvida
la virgulilla del cono.
Con mi barba de pereza,
¿qué mujer querrá besarme?
La espuma de la cerveza
no sirve para afeitarme;
en cambio, la de las olas,
me da una paz infinita
y con su numen me incita
a esta letra que se inmola
con cicuta en la sagita.
Aunque en otros labios bebo
el buqué de sus licores,
los besos son un placebo
que no cura el mal de amores.
Poner mi rumbo ya debo
al Mar de los Perdedores.
Siempre queda alguna duda.
Ven, que hay sitio para dos.
Siempre hay quien te saluda.
Y, siempre, un último adiós.
(Para mi tocayo el Guiness) 😉