Luis Barreda Morán

Donde Aún Florece Tu Nombre

Donde aún florece su nombre

Hay personas
que no abandonan la memoria,
sino que aprenden
a vivir en ella
como la luz que permanece
después de haberse ocultado el sol.

Ella llegó
con la sencilla elegancia
de quien no necesita deslumbrar
para convertirse en paisaje.

Traía en los ojos
el idioma secreto de los inviernos,
y en las manos
la costumbre de convertir
las horas comunes
en pequeños milagros.

Le gustaba conversar con el viento,
escuchar el rumor de los árboles
como si cada hoja
trajera una historia antigua.
Cuando la lluvia descendía,
no buscaba refugio;
abría el alma
y caminaba bajo el cielo
como quien regresa
al sitio donde siempre perteneció.

Había en su risa
una forma extraña de salvar los días.
Y cuando cantaba,
el mundo parecía olvidar
el peso de las tristezas.

Yo aprendí sus silencios
mucho antes que sus palabras.
Descubrí que incluso su enojo
era apenas una nube pasajera
incapaz de esconder
la inmensidad de su ternura.

Ella llevaba la belleza
donde casi nadie mira:
en la manera de escuchar,
en la delicadeza de comprender,
en la valentía de mostrarse imperfecta,
en esa costumbre de soñar
sin pedir permiso al miedo.

Nunca fue un retrato de perfección;
era infinitamente mejor:
era humana.

Con ella entendí
que el amor no siempre hace ruido.
A veces basta una mirada,
una tarde cualquiera,
dos manos encontrándose
mientras afuera
la lluvia escribe su música
sobre los tejados.

Entonces el tiempo
dejaba de ser reloj
para convertirse en refugio.

Y yo,
que tantas veces dudé
de que la felicidad existiera,
la vi sentarse a mi lado
con el rostro iluminado
por la calma.

Después llegaron
los caminos distintos,
esa antigua costumbre del destino
de separar aquello
que parecía inseparable.

Pero hay despedidas
que fracasan.

Porque algunos amores
no permanecen en la vida,
sino en la forma
en que uno vuelve a mirar el mundo.

Desde entonces,
cada lluvia pronuncia su nombre.
Cada invierno
guarda el eco de su abrazo.
Y en algún rincón invencible de mi corazón,
donde el tiempo no consigue entrar,
ella continúa sonriendo,
tan viva como aquella primera tarde
en la que comprendí
que existen personas
a las que nunca se deja de amar,
aunque la vida
nos obligue a aprender
a extrañarlas para siempre.

—Luís Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Diciembre, 2023.