Yull Eduardo

Kilómetros

La distancia no era nada para aquellos amores

que perduraban en el silencio de tu voz;

fronteras invisibles para nuestros corazones distantes.

Cada paso contaba de más,

un corazón contaba de menos.

 

Los días del calendario pasaban

mientras un corazón acechaba su encuentro.

Reo de mi soledad, yo violentaba mis manos

contando cuántos días más sin ti.

Tu portarretrato habitaba aquel hueco de la pared;

veía en ti aquello que nunca conseguía encontrar en mí.

 

Mi mente nublaba los recuerdos de un paisaje creado por Dios,

un paisaje donde las iniciales de nuestros nombres aprendieron a existir

antes que nosotros, donde los apodos dejaron de ser palabras

para convertirse en memoria.

Kilómetros no bastaban para desandar lo que nuestras almas

ya habían caminado.

 

La moneda que arrojamos a nuestro nombre en aquella fuente,

siendo nosotros incrédulos de la fe con la que el hombre distrae su muerte,

no cayó sobre el agua: cayó sobre nuestras líneas de vida.

Allí comprendí que algunos destinos no nacen cuando dos personas se encuentran,

sino cuando el universo decide escribirlas con la misma tinta.

 

Décadas serán historias, los días dejarán de tener nombre; nosotros seguiremos encontrándonos en el mismo lugar donde Dios decidió que dos almas jamás volverían a caminar solas.