A ti, flor dorada,
que intenta seguir firme
incluso cuando cae la nevada.
A ti,
que no te dobla el sol abrazador de una sequía,
ni te ahogas en medio de una tormenta.
A veces la mínima ventisca se siente como huracán,
y otras solo basta una pequeña chispa para que estalle el volcán.
Si el fuego quema de más,
y sientes que el viento te deshoja,
solo cierra tus pétalos
y abrázate por ese momento.
La tormenta pasará,
y en ese abrazo tus raíces crecerán.
El invierno no es eterno,
solo es puente a otros tiempos.
Y cuando la primavera llegue,
tu flor dorada
nuevamente te abrirás.