Rosa Maria Reeder

La costurera del vacío

Nadie conoce

el sendero

que conduce

a su taller.

No aparece

en los mapas.

Ni siquiera

el viento

recuerda

haber pasado

por su puerta.

Dicen

que trabaja

allí donde termina

la última estrella

y comienza

el silencio

que todavía

no ha sido soñado.

Su mesa

está hecha

con la madera

del primer árbol

que aprendió

a florecer

en la oscuridad.

Sus agujas

no son de hierro.

Son rayos de luna

afilados

por la paciencia.

Y el hilo

con el que cose

no nace

del lino,

ni de la seda.

Está tejido

con los suspiros

que los niños

dejan escapar

antes de dormirse.

Cada madrugada,

cuando el universo

se abre

por el peso

de sus propias preguntas,

ella se inclina

sobre la herida.

No remienda

las estrellas.

Remienda

el espacio

que existe

entre una estrella

y otra.

Porque sabe

que también

los vacíos

necesitan

ser amados.

Una noche

la vi trabajar.

Cada puntada

encendía

un pájaro.

Cada nudo

hacía florecer

una raíz

dentro del cielo.

Le pregunté

si alguna vez

terminaría

su labor.

Sonrió,

como sonríen

los ríos

cuando recuerdan

el océano.

Y respondió:

—Mientras exista

un corazón

que tema romperse,

el universo

seguirá

abriendo costuras.

Después

guardó

la aguja.

Pero el hilo

continuó

atravesando

la noche,

como si alguien

invisible

siguiera bordando

el destino

de todas las cosas.

Entonces comprendí

que el vacío

no es

la ausencia

de la creación.

Es el lugar

donde la esperanza

espera,

pacientemente,

la siguiente

puntada

de la luz.

Rosa María Reeder

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