Nadie conoce
el sendero
que conduce
a su taller.
No aparece
en los mapas.
Ni siquiera
el viento
recuerda
haber pasado
por su puerta.
Dicen
que trabaja
allí donde termina
la última estrella
y comienza
el silencio
que todavía
no ha sido soñado.
Su mesa
está hecha
con la madera
del primer árbol
que aprendió
a florecer
en la oscuridad.
Sus agujas
no son de hierro.
Son rayos de luna
afilados
por la paciencia.
Y el hilo
con el que cose
no nace
del lino,
ni de la seda.
Está tejido
con los suspiros
que los niños
dejan escapar
antes de dormirse.
Cada madrugada,
cuando el universo
se abre
por el peso
de sus propias preguntas,
ella se inclina
sobre la herida.
No remienda
las estrellas.
Remienda
el espacio
que existe
entre una estrella
y otra.
Porque sabe
que también
los vacíos
necesitan
ser amados.
Una noche
la vi trabajar.
Cada puntada
encendía
un pájaro.
Cada nudo
hacía florecer
una raíz
dentro del cielo.
Le pregunté
si alguna vez
terminaría
su labor.
Sonrió,
como sonríen
los ríos
cuando recuerdan
el océano.
Y respondió:
—Mientras exista
un corazón
que tema romperse,
el universo
seguirá
abriendo costuras.
Después
guardó
la aguja.
Pero el hilo
continuó
atravesando
la noche,
como si alguien
invisible
siguiera bordando
el destino
de todas las cosas.
Entonces comprendí
que el vacío
no es
la ausencia
de la creación.
Es el lugar
donde la esperanza
espera,
pacientemente,
la siguiente
puntada
de la luz.
Rosa María Reeder
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