Detrás del mostrador habita una mujer sin igual:
tiene ojos dulces, que miran con ternura,
una voz hermosa, suave y natural,
y un corazón solidario, lleno de bondad pura.
Construyó su negocio con lucha y paciencia,
sabe del cansancio, de la soledad y el dolor,
mas nunca perdió la noble conciencia
de tender una mano, de dar con amor.
Un día llegó un muchacho, con el paso inseguro,
el alma vacía y el miedo en el pecho,
buscando trabajo, un camino seguro,
ganarse el pan honrado, con esfuerzo hecho amor.
No trajo riquezas, ni honores, ni nada,
solo manos dispuestas y ganas de aprender,
y al verla por primera vez, su mirada
se detuvo en ella, y empezó a comprender:
la vio con esperanza, como quien ve la luz
al final del sendero oscuro y perdido,
como el campo se alegra al recibir la lluvia,
como el ave que vuelve al nido querido.
Vio en sus ojos dulces comprensión sincera,
escuchó en su voz una calma que abraza,
y sintió de pronto que la vida pudiera
darle esa oportunidad que tanto anhelaba.
Con respeto le habló, con voz temblorosa:
Señora, vengo a ofrecerle mi trabajo y mi fe,
no pido regalos, solo una causa noble,
un lugar donde ser útil, donde crecer y ser.
Ella lo miró con esa dulzura eterna,
y habló con su voz que consuela y da paz:
Yo también empecé sin nada, en la espera,
sé lo que es la sed de un futuro capaz.
Veo tu honestidad, tu esfuerzo y tu anhelo,
aquí tienes tu sitio, tu pan y mi confianza;
pon alma en lo que hagas, con calma y desvelo,
y verás florecer tu nueva esperanza.
No te doy limosna, te doy dignidad pura,
el honor de ganarte el día con tus manos,
aprender, avanzar, con lealtad segura,
y ser un hombre recto y humano.
Esa mirada dulce, esa voz serena,
quedaron grabadas en lo más hondo de su ser;
él la vio con esperanza, pura y sincera,
y recuperó las ganas de luchar y de crecer.
Hoy trabaja con gratitud inmensa y profunda,
cuida cada cosa como si fuera suya,
y recuerda siempre, con alegría rotunda,
a esa mujer buena que le dio el caminar seguro.
Ella sigue allí, bella de alma y de rostro,
ojos que comprenden, voz que da consuelo,
corazón solidario que brilla en todo,
haciendo de su vida un ejemplo y un desvelo.
Y queda en la historia este encuentro sencillo:
él, que buscaba luz y encontró confianza;
ella, que con bondad supo darle cobijo,
y encender en su alma la llama de esperanza.
Porque no hay mayor riqueza en este mundo,
ni oro ni poder que valga más que esto:
darle a quien cae un levantar profundo,
ser luz en la sombra, ser refugio y sustento.