Alberto Escobar

Rebelada

 

 

Vi a una mujer, una que se asomaba a un balcón, muy cerca una poderosa rama de eucalipto que le podía servir de escalera, parecía nerviosa, me aventuro a pensar que había salido a tomar aire como quien se ahoga, una discusión conyugal, un desencuentro que entiendo lo suficientemente potente como para propiciar el rostro que le pude ver desde aquí, a la espera del verde de un semáforo. Algún que otro viandante miraba hacia arriba atraído por los decibelios de los gritos, y me asaltó la posibilidad del suicidio, de que, en la desesperación del momento —de hecho, todavía parecía responder a las interpelaciones que el \"marido\" desde dentro lanzaba— decidiera poner fin a esta zozobra. 
Me acerqué para hablar con ella; el piso conté que era un tercero, unos diez o quince metros de altura calculé, y le dije que no, que no pusiera fin a su preciosa vida, que rompiera cada uno de los eslabones de la cadena que le ataba, que no le dejaba respirar, sentir, y quise pensar que me sonrió, rebelada, y entró, y se hizo un silencio, y seguí adelante con una satisfacción que no esperaba.