Dicen que el tiempo avanza
como si nunca mirara hacia atrás.
Pero yo conozco un pasillo
donde todavía empujan una camilla,
y un hombre,
con la memoria hecha pedazos,
confunde mi nombre,
mi rostro,
los años.
Lo dejé creer que yo era alguien más.
Hasta que,
justo antes de que una puerta se lo llevara por un rato,
me señaló con una sonrisa que todavía no he podido olvidar.
—Doctor…
ese es mi hijo.
Y de pronto ya no importó todo lo que había olvidado.
Solo hizo falta un instante
para devolverme mi lugar en su corazón.
Desde entonces hay un miedo
que aprendí a guardar en silencio.
No es el de perder.
Es el de no llegar.
Por eso imagino otro salón,
otras luces,
otro temblor en las manos.
Mi hija,
vestida de primavera,
esperando que dé unos pasos
que llevo ensayando toda una vida.
Sé que voy a llorar.
No porque esté creciendo.
Sino porque, mientras baile con ella,
voy a entender que el tiempo
también sabe ser misericordioso.
Que un padre se despide de la vida reconociendo a su hijo,
para que un hijo,
muchos años después,
pueda reconocer la felicidad
en los ojos de su hija.
Y, quizá,
cuando la música termine,
levante la vista un instante…
buscando entre la multitud
al hombre que me enseñó,
sin saberlo,
que el amor siempre encuentra
la manera de recordar.