Aquel que va segando los jardines,
sin comprender el alma de la flor;
convierte en gris los vivos colorines,
dejando al viento un huérfano de olor.
Desgarra con su paso la mañana,
donde el rocío ensaya su oración;
su sombra vuelve estéril la campana,
que ayer sembraba luz en la estación.
Ignora que un capullo es un latido,
un pacto entre la tierra y esa luz,
por eso marcha siempre envejecido,
cargando su tiniebla como cruz.
Mas toda flor renace en la memoria,
allí no alcanza el filo destructor;
la vida escribe pétalos de gloria,
venciendo siempre al cruel desflorador.
JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026