Francisquico

DULCE CANTILENA

Acércate y susúrrame al oído
la cantinela de tu respiración,
dulce cantinela que adormece mis heridas
y embriaga al triste corazón.

Basta el recuerdo de vuestra mirada
para que el alma levante su blancura,
brotan suspiros donde antes hubo silencio,
y el pecho se me llena de ternura.

Acércate y dejadme reposar sobre vuestro pecho,
jardín de nardos, de rosas y de sueños.
Su lento subir y bajar es una nana bendita
que mece mi tristeza y duerme mis desvelos.

Quisiera parar el tiempo en ese compás
que el mundo calle, que la noche espere,
que solo vuestra respiración me cubra.

Amor florido, primavera del alma,
en buscaros descubro la paz que no buscaba.
Porque perdido en vuestro abrazo
ya no pregunta dónde acaba el miedo.

Agua salada humedece mis labios.
¿Son lágrimas? Tal vez.
¿Quedan aún dentro de mí?
las suficientes para regar las flores
que nacen cada vez que os acercáis.

Y cuando el sueño cierre lentamente mis ojos,
no quiero otro descanso ni otro consuelo,
solo escuchar, muy cerca de mi oído,
la eterna cantinela de vuestra respiración.