Jamás renunciaré a mis ideales,
ni te pido renunciar a los tuyos.
Jamás aceptaré que me debas callar,
si respeto también tus propios orgullos.
Si no quieres escucharme,
solo aléjate de mí,
allá tú si te hago falta,
en mi mente te viví.
Qué extraña manía de ser superior,
comiendo en mi mesa, usando mi abrigo.
¿Cómo hablas de Dios y del Salvador,
si actúas con saña contra tu amigo?
¿En dónde aprendiste a odiar a tu propio hermano,
juzgando la forma libre en que su mente piensa?
Tu infancia de trompos y de juego tan temprano,
¿por qué se volvió una pesadilla tan inmensa?
¿De qué está hecha tu alma?
¿A qué precio la vendiste?
No veo nada en tus ojos,
solo un vacío muy triste.
Te abro las puertas de mi corazón,
no guardo rencores ni vengo a juzgar.
Ya eres adulto, razona tu acción,
piensa en lo mucho que vas a perder.
En las buenas y en las malas
yo te habré de acompañar,
porque tú eres mi hermano
y te tengo que cuidar.
Va grabado en nuestra sangre
este vínculo sagrado,
la amistad que nos unió
nunca quedará en el pasado.