Más allá
del último horizonte,
donde el viento
aprende a caminar descalzo,
existe un jardín
que ningún viajero
ha logrado dibujar.
No florecen allí
rosas,
ni lirios,
ni árboles.
Florecen brújulas.
Miles de ellas,
abiertas
como flores de cobre,
descansando
sobre un prado
hecho de musgo
y amaneceres.
Ninguna señalaba
el norte.
Todas dormían,
con la aguja
reposando
sobre un pequeño latido
escondido
bajo la tierra.
Me acerqué.
Pensé
que el tiempo
las había detenido.
Pero una anciana
tejía silencio
entre sus manos
y sonrió.
—No están rotas —dijo—.
Han dejado
de buscar lugares.
Ahora buscan
el origen.
Comprendí entonces
que toda brújula
cansa de perseguir
los confines del mundo,
y un día
empieza
a escuchar
la semilla
que la sostiene.
Caminé
entre aquellas flores.
Cada una
guardaba
un rumbo distinto.
Una apuntaba
hacia la primera risa
del universo.
Otra,
hacia la sombra
que aprendió
a perdonar
a la luz.
Una más
se inclinaba
hacia el instante
en que el océano
descubrió
sus costillas invisibles.
Y otra,
la más pequeña,
temblaba apenas
buscando
el lugar
donde un niño
pronunció
por primera vez
la palabra
«asombro».
Pregunté
cuál de todas
marcaba
el camino verdadero.
La anciana
tomó una brújula
entre sus manos.
La abrió.
Dentro
no había aguja.
Había
una diminuta semilla
palpitando.
Entonces dijo:
—Los caminos
no nacen
de aquello
que buscamos.
Nacen
de aquello
que somos capaces
de sembrar.
Cuando abandoné
el jardín,
ninguna brújula
vino conmigo.
Sin embargo,
desde aquel día,
cada vez
que cierro los ojos,
siento
una pequeña aguja
girando lentamente
dentro de mi pecho,
hasta detenerse
siempre
en la misma dirección:
el lugar
donde el misterio
comienza
a llamarnos
por nuestro
verdadero nombre.
Rosa María Reeder
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