Rosa Maria Reeder

El jardín de las brújulas dormidas

Más allá

del último horizonte,

donde el viento

aprende a caminar descalzo,

existe un jardín

que ningún viajero

ha logrado dibujar.

No florecen allí

rosas,

ni lirios,

ni árboles.

Florecen brújulas.

Miles de ellas,

abiertas

como flores de cobre,

descansando

sobre un prado

hecho de musgo

y amaneceres.

Ninguna señalaba

el norte.

Todas dormían,

con la aguja

reposando

sobre un pequeño latido

escondido

bajo la tierra.

Me acerqué.

Pensé

que el tiempo

las había detenido.

Pero una anciana

tejía silencio

entre sus manos

y sonrió.

—No están rotas —dijo—.

Han dejado

de buscar lugares.

Ahora buscan

el origen.

Comprendí entonces

que toda brújula

cansa de perseguir

los confines del mundo,

y un día

empieza

a escuchar

la semilla

que la sostiene.

Caminé

entre aquellas flores.

Cada una

guardaba

un rumbo distinto.

Una apuntaba

hacia la primera risa

del universo.

Otra,

hacia la sombra

que aprendió

a perdonar

a la luz.

Una más

se inclinaba

hacia el instante

en que el océano

descubrió

sus costillas invisibles.

Y otra,

la más pequeña,

temblaba apenas

buscando

el lugar

donde un niño

pronunció

por primera vez

la palabra

«asombro».

Pregunté

cuál de todas

marcaba

el camino verdadero.

La anciana

tomó una brújula

entre sus manos.

La abrió.

Dentro

no había aguja.

Había

una diminuta semilla

palpitando.

Entonces dijo:

—Los caminos

no nacen

de aquello

que buscamos.

Nacen

de aquello

que somos capaces

de sembrar.

Cuando abandoné

el jardín,

ninguna brújula

vino conmigo.

Sin embargo,

desde aquel día,

cada vez

que cierro los ojos,

siento

una pequeña aguja

girando lentamente

dentro de mi pecho,

hasta detenerse

siempre

en la misma dirección:

el lugar

donde el misterio

comienza

a llamarnos

por nuestro

verdadero nombre.

Rosa María Reeder

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