Madeleine Moondragon

𝑮𝒂𝒚𝒐𝒍𝒂

Me he construido un templo de barro y sombras, una gayola de hierro frío y seda vieja, donde el mundo es un ruido que apenas me nombra, que en el silencio se refleja.

Aquí el temor es un huésped que no se marcha, un filo que acaricia mi propia piel desnuda; el daño que me inflijo, la sutil escarcha que hiela mis ganas cuando la voz duda.

Amar, sin pesares, con un fuego tibio, tierno como el arrullo de un ala en calma, que crece y se vuelve hoguera, un torvo alivio, consumiendo el cristal que protege mi alma.

Pero mi hoguera es humo en tu mirada ausente, un tesoro que ignoras, un don que se desploma, mientras la desilusión, como un río silente, inunda el desierto que mi pecho toma.

Más en la sima profunda, donde el duelo habita, la tristeza se vuelve un faro de luz clara; se rasga el velo, la ceguera se marchita, y la felicidad, por fin, desiste de la máscara.

Veo más allá del muro, más allá del miedo, reconozco la vida en su danza infinita, donde el espacio y el tiempo son solo un enredo que mi espíritu que ahora, por fin, deshabita.

Ya no hay cárcel que alcance este vuelo nuevo, la gayola es refugio, crisálida de olvido. Ceniza soy hoy, pero en el fuego me elevo, renaciendo en la perpetuidad, de lo que he sido.