Tengo el pecho tomado por esta costumbre,
un veneno sabroso que entra sin pedir.
Se me ahoga la sombra buscando la lumbre,
mientras miro la puerta sin ganas de huir.
El vaso está lleno de olvido y ceniza,
y el aire se vuelve un cuchillo al tragar;
no hay dios que perdone la fe que se triza,
ni un mapa en la mesa que enseñe a escapar.
Es mi enfermedad la que habita en la casa,
un pulso pesado que marca el compás.
Se ríe del tiempo que lento se pasa,
mientras muerdo los restos de lo que ya no estás.
El humo dibuja tu cara en el techo,
la cama es un frío desierto de sal;
llevo un arma cargada latiendo en el pecho,
buscando el descanso de este mal final.
No hables de cura, no busques remedio, estoy contagiado de tu inmensidad.
Ya no tengo miedo, tan solo este tedio que me arranca a pedazos la poca verdad.
Si esto es el amor o es la ruina completa, da igual el pecado si el viaje terminó:
me tomo la última gota secreta, y apago el infierno que llevo en vos.