No somos lo que recordamos,
sino lo que esos recuerdos
han moldeado en nosotros.
Cada huella nos cambia un poco,
nos afina,
nos desgasta
o nos ablanda.
Y el amor,
ese espacio tan frágil
y tan fuerte,
vive justo en ese tejido
entre lo que ya no está,
lo que nos sostiene ahora
y lo que aún no llega.
Quizás por eso a veces duele:
porque esperamos sin certeza,
o porque el presente se nos escapa
mientras intentamos retener
lo que ya se fue.
Pero también por eso late
porque hay algo en nosotros
que sigue creyendo en lo que podría ser.
— LMML.