Nadie encontraba
aquel desierto.
Los mapas
retrocedían
antes de nombrarlo,
y las brújulas
cerraban lentamente
sus agujas,
como si también ellas
quisieran escuchar.
No había dunas.
Había respiraciones
petrificadas
por el paso
de los siglos.
El viento
no levantaba arena.
Levantaba recuerdos
tan ligeros
que apenas podían sostener
el peso
de una lágrima.
Dicen
que el primer eco
nació allí,
cuando una palabra
buscó un oído
que aún no existía.
Desde entonces,
las voces
no desaparecen.
Aprenden
la paciencia
de las semillas.
Esperan
bajo la tierra invisible
hasta convertirse
en flor.
Una tarde
atravesé aquel desierto.
No llevaba agua.
Llevaba preguntas.
Cada paso
hacía abrirse
una corola transparente,
y de su centro
brotaba una voz
que no era mía,
ni de nadie.
Era la memoria
del aire.
Escuché
a los árboles
antes de tener hojas.
A los océanos
cuando todavía
eran lluvia soñándose.
A las montañas
aprendiendo
el peso
de sus primeras raíces.
Vi también
a un niño
recogiendo ecos
como quien recoge
frutos maduros.
Los guardaba
en una cesta
tejida
con rayos de luna.
Le pregunté
para quién eran.
Sonrió.
Y respondió:
«Para los corazones
que han olvidado
escuchar.»
Cuando abandoné
el desierto,
no encontré
ninguna flor
entre mis manos.
Sin embargo,
algo había florecido
dentro de mi silencio.
Entonces comprendí
que los ecos
nunca regresan
para repetir
lo que dijimos.
Regresan
para decirnos
lo que aún
no hemos aprendido
a escuchar.
Y desde aquel día,
cada vez
que el mundo calla,
sé
que en algún lugar
del desierto invisible
una nueva flor
está naciendo
del corazón
de una palabra.
Rosa María Reeder
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