El Capital
El capital no nació para abrazar la vida.
Nació para contar,
para medir,
para convertir el mundo
en una larga columna de ganancias.
No pregunta quién sufre,
ni quién espera,
ni quién muere de hambre.
Solo pregunta
cuánto produce,
cuánto rinde,
cuánto puede extraerse
antes de que la tierra se agote
o el ser humano se derrumbe.
Entonces el trabajador
deja de ser un rostro
y se convierte en una cifra.
Sus manos ya no son manos,
sino herramientas.
Su tiempo
ya no le pertenece.
Su existencia
se compra por horas
y se vende por jornadas.
También la naturaleza
pierde su nombre.
El río
es energía.
El bosque
es madera.
La montaña
es mineral.
El mar
es mercancía.
Todo adquiere un precio
cuando el dinero
ocupa el lugar de la conciencia.
Los derechos sociales
son la piedra
que detiene esa maquinaria.
La escuela pública,
el hospital abierto,
la pensión,
el sindicato,
la jornada conquistada,
el salario digno,
son fronteras
que recuerdan
que la vida
no puede venderse por completo.
Por eso incomodan.
Porque cada derecho
es un límite
a la voracidad
de una riqueza
que nunca considera suficiente
lo que ya posee.
El capital ha levantado
su propia religión.
Su dios
no tiene rostro.
Brilla.
Se multiplica.
Acumula.
Habita en los mercados,
en las bolsas,
en los bancos,
en las pantallas
donde los números ascienden
mientras millones de vidas
descienden en silencio.
Ante esa divinidad
se inclinan gobiernos,
corporaciones
y poderosos imperios.
Todo se sacrifica
si el altar del dinero
promete mayores beneficios.
La salud,
si estorba,
se privatiza.
La educación,
si deja ganancias,
se vende.
La tierra,
si produce dividendos,
se despoja.
La dignidad,
si reduce la rentabilidad,
se convierte
en un gasto prescindible.
Pero existe otra lógica.
La lógica
de quien siembra
para alimentar.
De quien cura
porque la vida importa.
De quien enseña
porque el conocimiento
es un derecho.
De quien comprende
que la riqueza
carece de sentido
si deja atrás
a quienes la hicieron posible.
La economía
debe caminar
detrás del ser humano,
nunca delante.
El mercado
debe servir
a la sociedad,
nunca gobernarla.
El dinero
es una herramienta,
jamás una divinidad.
Porque ninguna civilización
merece llamarse humana
cuando protege la riqueza
y abandona a las personas.
La verdadera grandeza
no consiste
en acumular capital,
sino en construir un mundo
donde la riqueza
regrese convertida
en pan,
en salud,
en conocimiento,
en justicia
y en dignidad compartida.
Solo entonces
la economía
dejará de ser
el poder que domina la vida
para convertirse,
al fin,
en el humilde instrumento
de la humanidad.
—Luís Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Noviembre, 2021.