Si alguna vez te dije que te quiero
y si te lo digo hoy,
quiere decir una sola cosa.
Siempre fue así
y siempre va a ser así.
No fuiste —ni sos— la única
que quise y quiero.
Pero esa frase cambia, a veces,
con el tiempo y las personas.
Pero no con vos.
Admito que sería mejor
si hubiera cambiado.
Pero no.
Cuando te digo “te quiero”,
te digo “te amo” y “te adoro”,
con todo lo que eso significa.
Podés creerlo o no.
Pero es así.
Es amor, liso, llano.
No de amigo.
No de afecto.
No cariñosamente.
Amor de locura, de desquicio.
Amor en línea recta,
una geodésica
en un solo y único sentido.
A veces, cuando lo pienso,
creo que debo haber estado
enamorado de vos
desde antes de nacer.
Quiero decir: esto no puede
haber salido de la nada.
Ni venir de ninguna parte.
Debe estar en mis células,
en mi ADN,
en mi sangre,
o en mis huesos.
Por eso, aunque se extinga
mi corazón de quererte
y mi cerebro de pensarte,
creo que voy a seguir queriéndote
con los órganos
que me vayan quedando.
Como una costumbre
vana y sincera.
Como una última noche,
hermosa e inútil.
Y aunque a veces pienso que este amor
solo va a morir
si me muero.
Aun así,
creo que seguirá
si hay algo después de eso.