Un sacerdote viejo tenía una estatua de Jesús crucificado en la pared de su cuarto, solo para el, delante de su cama. El sacerdote se acercó con biblia en mano y le susurro:
-por favor hablame, por favor, te lo ruego hablame
Se quedo unos segundos cerca de su oído, esculpido con excelencia, para luego arrodillarse y rezar, en cada oración hacia una pausa para besarle los pies, que se veían desgastados por el uso.
-Si no me hablas tu primero la muerte lo hara, y le tengo miedo, pero no tanto como a tu castigo
El sacerdote se levantó, dejo la biblia en el suelo, al lado de los pies de Jesús y se fue a dormir, con la mirada de Jesús clavada en el.