Madrid, de los años setenta,
el aroma a café y a papel viejo.
Yo, con veintiún abriles a la cuenta,
mientras tú, con cincuenta y cinco,
eras sombra y luz en el espejo.
Repasaba la ley para un futuro,
hinchado el pecho de oposición y prisa,
cuando cruzó tu iris el muro
de mi mirada absorta y sin rumbo,
desarmado ante el sol de tu sonrisa.
Esa mueca rompió la timidez,
me armé de audacia para ser tu guía,
y en el aire nació por vez primera
un latido que jamás conocía.
Caminamos la ciudad mano a mano,
entre risas, tabernas y canciones,
tu inglés fluido de canal americano
chocaba en suave y dulce quebranto
con mis frases de escuela y tropezones.
No hicieron falta las gramáticas perfectas
para entender lo que el alma decía,
fueron ocho horas intensas, secretas,
donde el tiempo, rendido, suspendía.
Frente a la puerta de tu hotel lejano,
un abrazo maternal me diste al fin.
Me besaste la mejilla con ternura,
mientras yo, con el alma de botín.
Soñaba con seguirte tras los mares
sin importar el visado ni la suerte,
dispuesto a ser la sombra de tus pasos
solo por el milagro de no perderte.
No pasaron ni cinco minutos tras la despedida
cuando desanduve el pasillo con furor,
llamé a tu puerta, con la voz tiritando,
rogando ser refugio en tu habitación.
Te reíste primero de mi osadía,
de la prisa inocente de mis veintiún años,
pero la súplica en mis ojos te volvió seria
y rompiste el aire borrando los daños.
Me besaste entonces con pasión desenfrenada,
un huracán que se llevó todo temor,
y esa noche volé entre tus brazos, Beatriz,
me fundí en la entrega de tu amor.
Nos fuimos juntos, cruzamos el océano,
y el sueño duró dos años de gloria,
viviendo a tu lado una vida de fuego,
fabulosa aventura en tu historia.
Hasta que el tiempo reclamó su sitio
y apareció quien tenía el derecho.
Recogí mis maletas, volví a mi tierra,
con el alma en pedazos dentro del pecho.
Hoy la nostalgia de aquel Madrid persiste,
de la mujer que me enseñó a volar.
Pasarán los años, pero en mis adentros,
aquellos iris jamás me dejarán de mirar.