Ayocmo quiere decir «nunca más» en náhuatl. Cada lengua es una llave diferente al portal de la vida; se adhiere a ella buscando vías alternas a la estructura ya organizada por los idiomas que monopolizan las sociedades.
Mi padre decía ayocmo, y la palabra no era solo un vínculo decadente y reutilizable; era una conexión profunda, como hacer uso de la lengua de los dioses. Existía en ella la profundidad y la estructura; cada vez que se pronunciaba, renacía y florecía. Su sonido era como el canto de los pájaros que jamás enturbian el ambiente, como el recorrido de las aguas del río o la lluvia golpeando contra las hojas.
Nuestras lenguas son de tierra y ocote: nacen del espíritu y la hojarasca, se dispersan en el viento movidas por alas de colibrí y cantos de cigarra. Nuestra lengua es incienso y amor; no se corrompe ni se arrodilla.
¡Ayocmo, ayocmo, ayocmo!