Emma Gissel Gandara

La máscara y la voz

Nadie se enamora del golpe,

nadie entrega el corazón al grito.

A ti no te conquistó el verdugo,

te conquistó la falsa promesa,

la máscara perfecta del hombre bueno,

la ilusión con la que tejieron tu confianza.

​Luego vino el juego, la niebla, el laberinto,

el círculo voraz de quien manipula y destruye,

haciéndote creer que tu dolor era tu culpa,

que tus heridas eran provocadas,

que el engaño fue por tu descuido,

que tú eras la causa de su tormenta.

​¡Es mentira!

Mentira lo que dijo su boca,

mentira lo que señala la ignorancia ajena.

​Porque cuando la víctima decide hablar,

el mundo juzga desde la comodidad del juicio fácil:

«Tú lo permitiste, tú sabías cómo era, es tu culpa»,

como si hubieses elegido el abismo a propósito,

como si amar fuera un delito que merece castigo.

​Hoy te pido: pon oídos sordos.

Cierra las puertas al eco de los que no entienden,

de los que opinan sin haber sangrado,

de los que señalan desde la barrera

a quien lleva las marcas en el cuerpo y en el alma.

​Las amoratadas no son culpables.

La que amó, la que creyó, la que esperó un cambio,

solo tuvo un corazón limpio frente a un alma oscura.

​No te me quedes en silencio.

Rompe el candado de la vergüenza,

deja que tu voz sea el refugio que a ti te faltó.

Hablar no es revivir la herida,

hablar es quitarle el poder al agresor

y encender una luz para la que todavía sigue a oscuras.

​Tú no tuviste la culpa.

Tú solo amaste.

Y hoy, al nombrar la verdad,

empiezas a sanar.