Debí haberme guardado algunas palabras,
ahorrarlas en los bolsillos,
como cuida uno a veces unas monedas
para cuando aprieta el hambre.
Pero me dio por gastarlas,
por reescribir diccionarios enteros
por inventar significados más grandes
de los que le caben a uno en las manos
para que el mundo ya no pareciera
un lugar pequeño.
Y resulta que, de a poco, me fui perdiendo
en las esquinas de esta misma ciudad.
Sus nombres comenzaron a estirarse,
a volverse de pronto impronunciables,
los destinos me hicieron un extranjero
y ya nadie pudo, entonces,
entender mi idioma.
Y me sentí miserable,
con las manos llenas de rencores,
y por fin tuve miedo,
un miedo terrible
al querer pronunciar,
una vez más,
tu nombre.