La taza volcada en el blanco mantel
abrió un negro agujero de agua.
Ningún ruido se asomó desde la cocina;
Ninguna voz.
Todo encalló en una fuga.
Ni el testigo de enfrente,
ni el hombre detrás de los gruesos cristales.
Un zumbido aleteó, escurridizo.
Los oídos se alzaron,
las miradas se trenzaron en el vacío
y lo negro se esparció en azul.
El zumbido venció al silencio.
Abajo, los peces
respiraban el aire de los presentes.