Un poco más aferrado a la banalidad y al estremecimiento
que me regala la soledad,
estas mañanas me miran y las noches me juzgan
como a un ser extraño para este mundo.
Con esta sangre que recorre estas piernas y manos,
cansadas de sostener amores que no llegan
a satisfacer las necesidades de un amor digno:
uno que pida un beso espontáneo,
que llegue en silencio entre todo el bullicio de esta ciudad.
¿Será que soy tan absurdo para este mundo
como lo es para mí?
El silencio arrulla mis sueños;
en quietud, no espero más que despertar en soledad,
sentándome a esperar una muerte pasajera y sin dolor:
todo menos un amor que me desgarre y corrompa mi yo.
Entregándome a placeres más allá de la carne,
es por eso que le rezo a mi Dios: ya no más...
Ya no.
Aquí termina lo poético; inicia lo humano.