Ferluchessi

Viernes

Cada día los pesares invisibles acarrean los tobillos de mí integridad con un arduo compromiso, los pesares se amontonan en la frente luchando por su escucha única, el sueño vago y difuso muere en lentitud imperceptible y los recuerdos llenan una nueva página de su prólogo de dedicaciones, las caminatas son oxígeno en el ataúd casi perpetuo del diario, el viento permite la presencia de los sentidos relegados por conveniencia del incierto, la comida huele a espera y desaloja la muerte por unos breves minutos, las miradas duelen señalan con su quietud la ausencia del presente, los semáforos ruegan por ser apurados y no deberles nada a esas máquinas, el corazón niega su existencia con tal de que su trabajo sea solemne y olvidado, el silencio de la noche aturde a la caja acústica de creaciones, el enemigo silencioso aguarda por la vulnerabilidad de quién ya no lo piensa, no lo prevee, no lo delata, no lo necesita. 

El cielo maldice las miradas pretenciosas de los focos artificiales renegando de su estética resumida a una imagen, las aves se ríen de los ingenios humanos que no dudan en su derrumbe, cada segundo se retuerce en su despedida se manifiesta solo en la pérdida, los relojes dominan el mundo y son valiosos solo en muñecas, el pintor ahoga sus pulsiones en los dominios del lienzo jugando a ser dios riendo de los rostros inventados, los rezos y las plegarias nacen en penas y mueren en esperanza.

Las zapatillas rotas conformadas para su destrucción se desploman de absurdo en los altillos del coleccionista, la memoria me miente a cada instante, me convence de que la batalla está pérdida que solo aquel día logré la virtud. Se niega a ver lo posible a sentir sin escombros a nombrar lo nuevo a descreerse en sí misma, a mirarse principiante, porque en su afán de lejanía, de perdurancia en el infinito resguarda lo sagrado, el fuego del nacimiento, la emoción de la razón, el sentido de lo vivido y el regalo de la trascendencia.