Mientras la luz nos atraviesa
No hay campana que anuncie el instante
en que empieza a despedirse un día.
La muerte no entra de golpe:
aprende nuestros nombres,
se sienta a la mesa,
y espera.
Vivimos creyendo
que el tiempo hace pactos con nosotros,
que mañana será una herencia segura,
que la juventud conoce el camino de regreso,
que las manos conservarán
la fuerza de abrazar el mundo.
Pero todo viaja.
Viajan las casas,
las palabras que alguna vez nos salvaron,
los triunfos que parecían montañas,
las promesas escritas sobre el agua.
Hasta el orgullo,
que se creía de piedra,
termina siendo polvo
en la palma del viento.
Ninguna corona resiste,
ningún oro compra otra aurora,
ningún apellido convence al silencio
de olvidar una puerta.
La vida
no es un palacio levantado para quedarse.
Es un puente de madera
tendido sobre un río que no retrocede.
Cada paso es una despedida,
cada amanecer
una página arrancada al calendario invisible.
Qué extraña costumbre la nuestra:
coleccionar objetos
como si pudieran detener las estaciones,
discutir por migajas de poder
mientras el reloj,
paciente y obstinado,
deshace nuestros nombres
en la arena de los años.
Sin embargo,
no todo desaparece.
Hay una memoria
que no necesita mármol
ni monumentos.
Permanece en la bondad ofrecida sin testigos,
en la mano que levantó a otra mano,
en la palabra justa
cuando el miedo pedía silencio,
en el pan compartido,
en el abrazo que llegó a tiempo,
en la compasión
que venció al orgullo.
Quizá la verdadera victoria
consista en dejar tras nosotros
un sendero de luz
y no una montaña de posesiones.
Porque llegará la hora
en que el cuerpo entregue su cansancio,
en que los ojos cierren
la última ventana del paisaje,
y nada podrá acompañarnos
excepto aquello
que hicimos florecer
en el corazón de otros.
Por eso,
antes de que la tarde
aprenda también nuestro nombre,
conviene vivir despiertos,
amar sin demora,
perdonar antes de que sea tarde,
y caminar ligeros,
como quien sabe
que toda existencia es un préstamo
y toda respiración
una forma secreta de gratitud.
Solo entonces,
cuando el último horizonte nos llame,
la partida no será derrota,
sino el sereno cumplimiento
de haber atravesado la vida
sin olvidar,
ni un solo día,
que también nosotros
éramos viajeros.
—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Julio, 2025.