El abrigo estaba allí,
al fondo del armario.
Lo encontré, como se encuentra
lo que se ha perdido.
Y olía a invierno todavía...
a esas tardes tan bellas en Lisboa.
Revisé sus bolsillos y había -aún-
una nota arrugada.
Y el abrigo, me reconoció en silencio.
Lo doblé con cuidado.
Es que hay cosas que no se arrojan
porque nos reconocen
por nuestro nombre arcaico.
L.G.