Llegaron las 11:11
y mis ojos se cerraron,
más no llegó Morfeo;
el guía era el recuerdo.
La noche encendió la brújula,
y el viaje comenzó.
Pasamos por el cielo nocturno,
donde dos lunas habitaban.
Y ahí, en la cima de una colina,
una casa de piedra blanca se alzaba.
No era cualquier destino;
ese lugar
era mi hogar.
Afuera en el jardín
dos almas danzaban,
no era cualquier danza;
era la antesala
de una promesa encarnada.
Un abrazo eterno
llevado por el viento.
El pacto de un reencuentro,
sin importar la distancia ni el tiempo.
Y sellado con un beso
se pronunció un juramento:
“Te esperaré en el borde del universo.
Te buscaré vida tras vida.
Entre tus pensamientos,
mi nombre te sembraré.
Y cuando el reloj
muestre la hora pactada,
yo llegaré”.
Y en ese momento recordarás
que nunca me fui,
que nunca te abandoné.
Solo me transformé
para ser tu guía;
tu cómplice
en esta travesía.