Ya nadie quiere merecer el verbo;
prefieren el bostezo a la jornada.
La mente, que nació para el asombro,
hoy vive de limosnas en pantalla.
Se sienten escritores por dictarle
dos frases mal cosidas a una máquina;
confunden el ingenio con la prisa
y el brillo del atajo con la gracia.
La pluma les produce urticaria;
la duda les parece una desgracia.
Si un verso exige sangre entre los dientes,
lo llaman pretensión aristocrática.
Jamás conversan solos con la hoja,
ni aceptan que el error también educa;
quisieran el laurel sin la fatiga,
la cima sin el peso de la ruta.
La musa ya no llama: la despiden.
Molesta cuando exige inteligencia.
Qué importa si la frase está vacía,
si obtiene aprobación por apariencia.
Se ríen del que tacha y reescribe,
del terco que persigue una cadencia;
ignoran que la música del verso
se forja donde sangra la paciencia.
Hoy todos quieren título de artista,
mas pocos soportaron ser aprendices.
La gloria, sin sudor, les sabe justa;
el mérito les parece un despropósito.
La lengua se marchita por desuso;
la idea muere antes de nacer.
Pensar se volvió un lujo insoportable;
repetir, un oficio de alquiler.
Qué fácil es fingirse visionario
cuando otro carga el peso de la obra;
qué cómoda resulta la insolencia
del necio que presume lo que roba.
Quizá la gran tragedia de este siglo
no sea la velocidad del mundo:
es ver que la pereza fue tan hábil
que ahora se hace llamar orgullo.