El escriba de la penumbra

Donde el silencio aprendió mi nombre

Jamás conocí el verdadero rostro de la felicidad.
La busqué con las manos abiertas,
con el corazón descalzo,
con la esperanza rota entre los dientes,
y solo encontré habitaciones vacías
donde mi eco era la única voz que respondía.

Hay noches en que siento
que mi alma dejó de pertenecerme.
Como si una oscuridad antigua
se hubiera sentado a vivir dentro de mi pecho,
alimentándose de cada recuerdo,
de cada lágrima que escondí por vergüenza,
de cada sonrisa que regalé
mientras por dentro me desmoronaba.

He aprendido el oficio de desaparecer.
No hace falta morir para volverse invisible;
basta con sonreír mientras el corazón se derrumba,
basta con hablar cuando nadie escucha,
basta con seguir respirando
cuando hace tiempo dejaste de sentirte vivo.

Una noche mi familia reía.
La alegría corría de mano en mano,
los abrazos llenaban la casa,
y las voces tejían recuerdos para el mañana.
Yo estaba allí…
tan cerca de todos
y tan lejos de existir.
Nadie vio el abismo escondido en mis ojos.
Nadie escuchó el grito
que llevaba años desangrándose en mi silencio.

Dicen que el alma pesa veintiún gramos.
La mía pesa siglos.
Está hecha de ausencias,
de promesas que nunca encontraron destino,
de abrazos que llegaron demasiado tarde,
de palabras que murieron antes de ser pronunciadas.

Si alguna vez miras el mar,
no pienses en la inmensidad de sus aguas.
Piensa en todo lo que guarda sin decir una palabra.
Así soy yo:
un océano que aprendió a tragarse las tormentas,
un horizonte que aparenta calma
mientras en el fondo libran batalla todos los naufragios.

Y, aun así, en el rincón más escondido de este pecho herido,
queda una pequeña brasa que se niega a extinguirse.
No ilumina el mundo,
apenas alcanza para recordarme
que incluso la noche más interminable
no ha conseguido borrar por completo
el deseo de encontrar un amanecer.