Hace unos días
volvió a mí
un poemario, de esos
a los que olvidas por un ratito,
como a las personas.
Sabes de su existencia
pero no los necesitas encadenados a tu día a día.
Disfrutas que estén por el éter.
Son como esa contraseña
que pones porque nunca podrías olvidarla,
pero al momento de entrar, es incorrecta.
Y cuando por fin vuelve a vos,
te sorprende tu yo pasado
y el presente un poco te avergüenza.
Lo abrí
y ahí estaba su magia.
Me perdí en sus páginas
y ahí estabas.
Viajé a vos
de nuevo.
Te pensé todo el día.
Te extrañé todo el día -sigo en esa-.
Qué ganas de sentir el olor de tu abrigo.
Qué ganas de nuestros silencios.
Muero por arder con vos.
Por querer arreglar el mundo.
Necesito que tu abrazo me envuelva.
Estos días
me bombardean.
Caen palos por todos lados.
Soy mi Hiroshima.
Estoy abrumada.
¿Cuánto hace que no puedo ser vulnerable?
¿Hace cuánto no permito que me atraviese la ternura?
Sé que vos entendés
lo que es mostrarte fuerte
cuando ya no querés serlo.
Solo quiero sonreír inocente,
como cuando te vi por primera vez
y creí que lo primero que habías notado era mi pelo rosa,
y vos dijiste que era por el combo -aún lo repetís-.
Inocente,
como cuando te veo estacionar el auto en una esquina random.
Quiero hacerme chiquita en tus brazos,
y para que no descubras que
es uno de mis lugares favoritos en el mundo,
voy a alejarme y tirarte un chiste
sobre nuestro clásico de fútbol.
Quiero sentir que pertenezco a algo,
como cuando te escucho indignado
hablar de política o de la casi justicia social.
Quiero sentirme en casa
como cuando me mirás con esos dulces ojos verdes,
los que me conocen desde cuando la vida
era más fácil y las entradas de mi banda favorita
estaban cuarenta pesos.
Deseo que nos fundamos en nuestros mil besos.
De esos resbalosos, de sorpresa.
Los más antiguos que quiero recordar algún día.
Extraño que me acaricies la cara
-como vos sabés-.
Confieso que otros intentaron.
Fracasaron.
Yo, y mi estúpida idea
de que no sos vos.
Intenté que no fueras.
Porque si tengo que aceptarlo,
ya perdí.
Quizá a mis treinta y contando,
y después de una década,
tengo que aceptar que sigo enamorada
y probablemente siga así.
Pero el karma cumplió.
Nunca vas a volver a quererme
como en ese año
donde mi desayuno era mirarte con ternura.
El momento de oro ya pasó.
Ahora elijo amarte en mute,
reviviendo con cada dotación de amor intermitente.
No digo que no me baste...
pero vos sabés.
Siempre me costaron los grises.
Demasiado extremista.
Virtudes defectuosas.
Aun así
no quisiera dejar de ocupar el espacio-copiloto.
No sé si por porfiada,
por mi capacidad de insistencia,
o porque renovás mi magia para escribir,
lo que hace que me mantenga viva.
Porque...
¿qué sería de mí sin las palabras?
¿Cómo podrían ellos saber de mi efímera existencia?
-Debo dejarles algo-
No sé si te conté
de mis creencias en líneas temporales.
Es una de las tantas que uso para encontrarte en otro lado.
Y hay una,
no muy lejana a esta.
A veces salto a ella
cuando me abrazás y me decís Medina
-aunque ese no sea mi apellido-
y yo te digo Sabina
-aunque me hayas amado quinientas noches,
pero no diecinueve días-.
En esa
yo no bardeo.
Vos me seguís eligiendo.
Viajamos a Córdoba,
vemos al Pato.
Defendemos la ternura
ante la hostilidad mundana.
En ese tiempo
envejecemos juntos.
En este -mientras tanto-
te deseo
Sinceridad
Conciencia
Realidad.
Te quiero
ahora y siempre
ahora y siempre
ahora
y
siempre,
compañero.