Me gustan los versos que pasan de largo.
Son esos que entran por una trampilla
y salen discretos exentos del cargo
de ponerle al mundo la otra mejilla.
Van siempre de cara por camino recto.
No aceptan notarios de fe ni entrevistas
y no les importa ser causa o efecto
ni asumir papeles de protagonistas.
Me gustan los versos con pies en el suelo,
que huelen a vino, a sudor, a la escoria;
que saben a besos que buscan consuelo:
los versos que nadie guardó en su memoria.
No hacen ruido ni buscan excusas,
no temen a nadie y van de la mano
de cualquier poeta carente de musas
sentado en la mesa del bar más pagano.
No tienen linaje, ni rol, ni prosapia;
no beben el agua con gas en la copa,
no son elixir, ni tampoco terapia...
son solo los versos que llevo en la popa.