Siempre te encuentro,
en la dureza de afuera, y en la sombra de adentro,
Señor, en cualquier espacio...
Y te medito tranquilo,
como el viento adolescente que se mece en otoño,
revolando en místico soplo...
Tu poder es maravilloso,
que me hace mirar con buenos ojos lo pequeño,
tan inmenso a tu lado...
Hoy, mi suerte te entrego,
para que en tu calma y paz descanse mi destino...
¡Oh, Dios! mi único dueño...