Henry P. Pizarro

EL ULTIMO HABITANTE

El ultimo habitante

No iba a contártelo.

Pensé que sonaría a otra de esas tristezas
que la ciudad fabrica
cuando cae la noche
y los edificios empiezan a parecerse
a personas que olvidaron volver a casa.

Pero hace meses
un fantasma vive conmigo.

No golpeó la puerta.

Entró
como entra el frío en un departamento viejo:
sin pedir permiso,
sin hacer ruido,
como si supiera de memoria
dónde guardábamos la vida.

Al principio
solo recorría los pasillos.

Después ocupó tu silla.

Más tarde
empezó a servirse café
en la taza donde aún sobrevive
la marca invisible de tus labios.

Nunca dice quién es.

A veces pienso
que viene a cuidar de mí.

Otras,
que solo espera
a que termine de parecerme a ti.

Tiene tus horarios.

Abre la ventana
exactamente a las seis,
cuando el último sol
se rompe contra los edificios.

Se queda mirando la calle
como si todavía creyera
que vas a doblar la esquina.

Y yo...

yo también lo creo.

Hay noches
en que hablamos durante horas.

Yo le cuento
cómo aprendí a fingir que estoy bien.

Él responde con tu voz.

No exactamente igual.

Las personas mueren.

Las voces también.

Pero el recuerdo
siempre encuentra la forma
de pronunciar nuestro nombre.

Hace unos días
lo descubrí usando tu perfume.

No para oler como tú.

Sino para que la casa
no olvidara quién había sido la primavera.

Después se puso tu abrigo.

Le quedaba grande.

Como me queda grande
la costumbre de seguir esperándote.

Desde entonces
duerme en tu lado de la cama.

Yo nunca le pregunto por qué.

Hay preguntas
que uno aprende a dejar dormidas.

Lo extraño
es que ya casi no hablamos de ti.

Hablamos del clima.

Del ruido de los vecinos.

Del precio del café.

De las plantas que nunca aprendí a cuidar.

Supongo
que incluso la tristeza
necesita una rutina.

A veces me convenzo
de que sí existe.

Porque escucho dos respiraciones
cuando la madrugada
apaga las luces de la ciudad.

Pero otras...

otras veces despierto solo.

La taza sigue vacía.

Tu abrigo continúa en el clóset.

La puerta permanece cerrada.

Y no hay nadie
sentado frente a mí.

Entonces entiendo
que tal vez nunca llegó ningún fantasma.

Tal vez fue la soledad,
cansada de encontrarme hablando contigo,
la que decidió

mudarse a vivir conmigo.

 

Derechos Reservados 23/07/2026

Henry P. Pizarro