El debate interno comienza y el corazón late con un dulce temor. En el suelo, mis zapatillas me esperan como una promesa silenciosa, un pacto conmigo misma. Sé bien que no existe la motivación mágica; hoy no busco una razón, busco un encuentro.
Salgo a cumplir la cita porque sé que el amor es más fuerte que las guerras;
cruzo la puerta, suspiro y el mundo me recibe como el escenario de mi propio destino. Cada paso pesa, cansa y duele, como esos amores que exigen todo de ti.
En los primeros kilómetros, mi cuerpo protesta, entregándose al roce del viento, al calor y al sudor de la tarde que me envuelve como un abrazo cálido que nunca se olvida ; de pronto, me adentro en el desierto mental; una voz me susurra al oído que pare, que camine, que regrese a la zona segura. Pero decido ignorar el ruego; mantengo el ritmo y me entrego por completo al camino, como quién se entrega a un deseo.
Entonces, el panorama cambia. Me conquista la emoción, la adrenalina me recorre el cuerpo y me invade la dulce certeza de que todo va a estar bien; mis piernas empiezan a fluir como si flotaran y mi mente por fin se libera, aunque hoy el idilio cuesta más: una lesión me recuerda mi propia fragilidad. Aun así, mientras el pecho palpite, una fuerza superior reclama su dosis de vida y de pasión.
Las fuerzas flaquean en el último tramo, el momento más íntimo de la jornada. Cierro los ojos, me aferro a la técnica y batallo por seguir, manteniendo el control para no perder el rumbo de mis sentimientos.
Al final, la recompensa no es solo llegar; es mirar al espejo y saber que hoy, Editha volvió a enamorarse de su propia fuerza.