Desde la lejanía,
pastoreando el horizonte,
se acerca una tolvanera que arrastra,
en el núcleo de su carrusel,
la cosecha de semillas maquilladas
con el ocre amarillento de la calima estival.
El aire empuja errantes jaramagos,
un séquito de sol y polvo dorado
que avanza colérico sobre rastrojos y barbechos,
desdibujando cada huella
hasta devolverle al paisaje
su desnuda y primera virginidad.