El árbol no sabe lo que es el dolor ni el abril.
El árbol solo tiene hojas y las deja caer cuando el viento sopla.
Todo lo demás es un error de nuestros ojos.
Una hoja cae porque tiene que caer.
No se desprende de mí, se desprende del árbol.
Sentir dolor por una flor que vuela
es pensar en lo que no se debe pensar.
Las flores no vuelan, el viento las empuja.
No hay comienzo ni ocaso en el patio,
solo hay cosas que empiezan y cosas que terminan,
y cada una es hermosa porque es solo ella misma.
Mirar es suficiente.
Saber mirar es no inventar misterios donde solo hay verde.
El tronco es de madera y por eso es vital.
No tiene certezas porque las certezas son pensamientos,
y las plantas no piensan,
afortunadamente.
Su función principal es estar allí, ocupando su espacio,
haciendo que el patio sea un patio y no una llanura vacía.
Si el árbol me hace vivir, es porque lo miro
y al mirarlo existo,
pero el árbol existiría igual, aunque yo muriera.
Eso es lo que me gusta de él:
su maravillosa indiferencia hacia mi alma.
No sueñes en las ramas.
Las ramas no son sueños, son madera que busca la luz.
No busques abril en tu pecho,
búscalo afuera, en el sol que calienta las piedras.
Ser como el tronco, sin abandonar el lugar,
sin querer ser otra cosa que un tronco en el patio.
Esa es la única verdad que el viento no puede arrancar
porque el viento solo se lleva las hojas,
y las hojas muertas ya cumplieron su oficio de ser hojas.