Calló la casa. El mundo, indiferente,
dejó la noche hundirse en su abandono;
ni un paso respondió, ni un solo tono,
cuando expiró la voz del inocente.
La muerte, con su oficio diligente,
selló los labios con glacial encono;
y el tiempo, como un fúnebre patrono,
firmó el silencio sobre aquella frente.
Y quedó una etiqueta sin historia,
colgando entre los pies como un testigo
que acusa la ceguera de la gloria.
Porque el peor crimen, lo que yo digo,
no es el cadáver: es la trayectoria
de un grito que murió sin un amigo.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026