El mar no llega, no pregunta: ya estaba.
Con su lengua de escombros lame el silencio
y en cada resaca deja
un muro roto, un número de casa, un anzuelo.
Donde el horizonte se parte contra sí mismo
y el agua no termina de nacer,
el mar es un animal sin memoria:
un lomo que olvida lo que tumba
solo para seguir tumbando.
Carga en la espina dorsal todas las lunas,
la madera anónima del que no volvió.
Aun así se levanta como un músculo
y vuelve a astillar el mismo sitio.
Agáchate en la orilla cuando nadie mire:
entre dos olas oirás no su nombre,
sino el ruido de algo que insiste.
Nada se termina. El mar no empieza:
empuja.
Sustancia azul de lo no dicho,
un animal que cuando la noche le cierra los párpados
sigue adentro, adentro,
moliendo sus propios huesos.
Antonio Portillo Spinola ©