He muerto.
Han dejado de llegar las cartas al mensajero; el mensajero se quedó sin empleo.
Mi amada ha quedado viuda.
Mi pluma ha olvidado la tinta; los trazos han olvidado el recorrido de mi pulso poético.
Ya no soy.
Soy el olvido.
Despellejas mi vientre, nido de mariposas; cada una lleva grabado el recuerdo de tu nombre.
Recorres con tu mano todo lo que llegamos a ser.
Tu mano sobre mi pecho: internamente, un corazón latiendo por tu presencia.
Mis manos, poemas que se olvidaron de nacer.
Poemas que deambulan por el limbo; limbo del amor, donde tú y yo somos los únicos testigos de aquello que existió.
He muerto, y ha quedado mi cuerpo sobre la mesa de la autopsia del amor.
Mis tejidos internos son culpables de complicidad.
El corazón, inundado de tu ausencia.
Mis venas, colmadas de sangre poética.
Mis costillas guardan todavía el eco de tu risa.
Mis ojos conservan la última inspiración de tus versos.
El dictamen ha llegado.
Las horas pasan y el peso del cierre de mi ataúd comienza a hacerse presente.
No fallecí por el tiempo, ni por la longevidad, ni por la fatiga de los días
. Morí de haber amado más de lo que mi cuerpo podía soportar.
Morí más allá de lo que mi amor podía dar; más allá de la propia vida.
Mientras el forense cose mi cuerpo con hilo y silencio, encuentra la última carta escondida dentro de la fábrica del amor.
Lleva tu nombre.
Solo un último párrafo:
\"No alcanzó una vida para amarte como debía. Fuiste la vida de la mía, y lo serás en todas las que me falten. Te amo, Tosia.\"
El forense deja la carta junto al dictamen y escribe, con la tinta más triste que ha conocido:
Causa de muerte: amor.
No bastó una vida. Se necesitaban vidas para amar como aquel hombre amó.