Rosa Maria Reeder

El río que olvidó el agua

Hubo un río

que una mañana despertó

y no recordó

cómo ser río.

Sus orillas

seguían esperando.

Los árboles

inclinaban sus raíces

para beber una historia

que ya no estaba.

Pero el cauce permanecía.

Vacío.

Como una palabra

que ha perdido

la voz

pero conserva

su significado.

Los habitantes del valle

decían:

«El río ha muerto.»

Pero las piedras

que habían dormido siglos

bajo su corriente

respondían en silencio:

«No todo lo que desaparece

deja de existir.»

Porque aquel río

había cambiado de naturaleza.

Ya no llevaba agua.

Llevaba recuerdos.

Por sus venas secas

viajaban antiguas lluvias,

la sombra de los peces

que alguna vez lo habitaron,

el reflejo de lunas

que ya no miraban la tierra.

Una tarde

me senté junto a su orilla.

Escuché.

Al principio

solo había silencio.

Después,

muy lentamente,

oí una gota caer.

No venía del cielo.

Venía del pasado.

Era una lágrima

de todas las aguas

que habían sido río.

Entonces comprendí:

hay pérdidas

que no destruyen.

Hay ausencias

que conservan una presencia

más profunda.

El río no había olvidado el agua.

Había aprendido

a llevarla

de otra manera.

Dentro de sí.

Como lleva el corazón

la memoria

de aquello

que ya no puede tocar.

Y desde aquel día,

cuando camino

junto a un río,

no busco solamente

su corriente.

Busco también

todo lo invisible

que sigue fluyendo

aunque nadie

pueda verlo.

 

Rosa María Reeder

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