Hubo un río
que una mañana despertó
y no recordó
cómo ser río.
Sus orillas
seguían esperando.
Los árboles
inclinaban sus raíces
para beber una historia
que ya no estaba.
Pero el cauce permanecía.
Vacío.
Como una palabra
que ha perdido
la voz
pero conserva
su significado.
Los habitantes del valle
decían:
«El río ha muerto.»
Pero las piedras
que habían dormido siglos
bajo su corriente
respondían en silencio:
«No todo lo que desaparece
deja de existir.»
Porque aquel río
había cambiado de naturaleza.
Ya no llevaba agua.
Llevaba recuerdos.
Por sus venas secas
viajaban antiguas lluvias,
la sombra de los peces
que alguna vez lo habitaron,
el reflejo de lunas
que ya no miraban la tierra.
Una tarde
me senté junto a su orilla.
Escuché.
Al principio
solo había silencio.
Después,
muy lentamente,
oí una gota caer.
No venía del cielo.
Venía del pasado.
Era una lágrima
de todas las aguas
que habían sido río.
Entonces comprendí:
hay pérdidas
que no destruyen.
Hay ausencias
que conservan una presencia
más profunda.
El río no había olvidado el agua.
Había aprendido
a llevarla
de otra manera.
Dentro de sí.
Como lleva el corazón
la memoria
de aquello
que ya no puede tocar.
Y desde aquel día,
cuando camino
junto a un río,
no busco solamente
su corriente.
Busco también
todo lo invisible
que sigue fluyendo
aunque nadie
pueda verlo.
Rosa María Reeder
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